Es como la lluvia en una película muda, o como un barco en el fondo del mar, o como una galería de espejos a la hora de cerrar, o como la tumba del ventrílocuo mundialmente famoso, o como el rostro de la novia cuando se sienta a mear después de hacer el amor toda la noche, o como una camisa secándose en el tendal sin una casa a la vista… Bueno, vas pillando la idea. De 'El monstruo ama su laberinto', Charles SIMIC.

Diez novelas negras, diez comienzos (3)

15/9/09 | |


—Somos amigos, ¿no? —preguntó el gigante.
Su voz chirriaba como una sierra mecánica cortando un nudo de madera de pino.
—Para qué quieres un amigo, con lo grande que eres? — bromeó el enano.
—Te estoy haciendo una pregunta —insistió el gigante.
Era un albino lechoso de ojos rosados, labios magullados, orejas como coliflores y grueso cabello ensortijado del color de la nata. Llevaba una camiseta blanca, grasientos pantalones negros ajustados a la cintura con un pedazo de cuerda, y zapatillas de lona azul con suela de goma.
El enano esbozó una expresión de hipócrita solicitud. Se levantó la manga y echó una mirada a la esfera luminosa de su reloj. Eran las 1:22 de la madrugada. Se tranquilizó. No había necesidad de apresurarse.
Era un jorobado de tez amarillenta, con matices más oscuros que los del albino. Desde su cara de rata los brillantes ojos negros no lograban concentrarse en nada. Pero estaba vestido con un costoso traje de hilo azul hecho a mano, zapatos forrados de seda y un sombrero pajizo negro con una cinta naranja pálido.

Empieza el calor (The heat’s on). Chester Himes. Traducción de Marcelo Cohen. Editorial Bruguera.

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