Una caja de fósforos y una gira por Bogotá

18/9/15 | |

222 patitos 

Ella era joven y tomó una caja de fósforos para sacarles una a una las cabezas rojizas. Las pisó en un mortero e hizo una pasta y, después, una bolita. Miró la bolita apenas apoyada en la palma de su mano: pequeña, aunque un gran fuego, de detonarse. Ella creía que era profundamente infeliz, la bolita ahí, en la palma de su mano y ella misma, ahí, hermosa pero secreta, en ese pueblo. Por eso se tragó la bolita y sintió cómo se desgranaba en su garganta y se acostó larga en la cama y se durmió mientras lloraba. Ella pensaba, antes de dormirse, en su pobre madre, entrando en la mañana y en el intento vano de despertar a la hija muerta. Blanca, larga, ya todo habría pasado, en la mañana, y sin embargo no podía dejar de llorar. Pero en la mañana solo vomitó y dos ojeras grises debajo de los ojos, durante el día, fueron todo el rastro de su desdicha inacabada e inacabable. Continuar leyendo.

Federico Falco.