Como disparar una instantánea

30/11/15 | |

DISPAROS
Por Cynthia Ozick

Llegué a la fotografía de la misma manera que llegué a la subyugación: sin ningún talento especial y sin un punto de vista concreto. Hacer fotografías —cuando las hago, quiero decir— no tiene nada que ver con el arte, y menos aún con la realidad. Soy ciega para eso que las personas inteligentes llaman «composición», reniego de cualquier emanación de «textura» y recorrer una galería de arte es un suplicio para mí. En cuanto a la cámara como máquina, bueno, sé por qué agujero tengo que mirar y cómo apretar el botón. El resto me suena a chino. Lo que me trajo a mi ingeniosa profesión no fue una idea de la fotografía como sucesora de la pintura, ni que encontrara ninguna clase de placer en los cuartos oscuros o en acumular cachivaches. Llamémoslo necrofilia. Me he enamorado de los cadáveres. Los rostros de los muertos me atraen. No conozco bien la historia de la fotografía (1832, el daguerrotipo, el vapor de mercurio; ¡qué fastidio que se crea necesario historizar un acto tan descarado como disparar una instantánea!), salvo para hacerme una idea del largo pasado de una cámara medido según el largo de la falda que llevaba una mujer hace un siglo. Hay quien habla de inventar una máquina del tiempo, como si no se hubiera inventado ya con la caja estanca y el obturador. Los rostros del siglo pasado, que solo son polvo en sus sepulturas, me han cautivado: esas miradas perdidas, esas narices y esas bocas, los lóbulos de las orejas, los cuellos de los vestidos. Mis ojos absorben esos detalles, no puedo evitar que me atraiga cualquier imagen ocre, antigua y endeble de cantos quebradizos. Continuar leyendo.
Caricatura de John Sherffius.