Es como la lluvia en una película muda, o como un barco en el fondo del mar, o como una galería de espejos a la hora de cerrar, o como la tumba del ventrílocuo mundialmente famoso, o como el rostro de la novia cuando se sienta a mear después de hacer el amor toda la noche, o como una camisa secándose en el tendal sin una casa a la vista… Bueno, vas pillando la idea. De 'El monstruo ama su laberinto', Charles SIMIC.

¡Guantes puestos!, revista Gaceta

22/6/26 | |

Así que tu vida está ahí ante ti: acaso un camino, una cinta, una línea de puntos, un mapa. Digamos que tienes veinticinco años, luego tomas algunas decisiones, haces cosas, sufres reveses, tienes triunfos, te conviertes en alguien —un conductor de autobús, un profesor de lingüística indoeuropea, un pirata, un cosmetólogo—, pasan los años, quizá en familia, quizá no, quizá feliz, quizá no, hasta que un día despiertas y tienes setenta. Miras hacia adelante y ves una puerta negra. Empiezas a notar que la puerta negra está siempre ahí, en el borde, mires o no hacia ella. La mayoría de los momentos la contienen, la mayoría de los momentos tienen una especie de sedimento de puerta negra en el fondo del vaso. Te preguntas si otras personas también la ven. Les preguntas. Dicen que no. Preguntas por qué. Nadie puede decírtelo. Continuar leyendo.
Anne Carson.

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