2019, una selección personal

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Una selección tardía (y sin orden) de las películas que más me gustaron en 2019 (no incluye clásicos).

14 años después

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Página de Giovanni Clavijo.
Catorce años después aquí estoy: las canas prematuras ya no son prematuras, algunos amigos se fueron, blogger pasó de moda, no me acostumbro a Instagram ni a Twitter, no volví a Pasto (aunque a veces dan ganas), mi abuela se fue, publiqué una novela, subí de peso, volví a enamorarme de las películas de Sergio Leone, corrí el riego de la talleritis. Pasaron muchas más cosas, pero esas no se cuentan aquí.

A sangre fría, en La Marichuela

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Un recomendado: todos los sábados, en la Biblioteca Pública La Marichuela (Usme), cine y literatura de primera.

El descreído, un poema de Elizabeth Bishop

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El descreído

Duerme en la punta de un mástil.
Bunyan


Duerme en la punta de un mástil
con los ojos bien cerrados.
Las velas se despliegan debajo suyo
como las sábanas de su cama
dejando libre al aire de la noche la cabeza durmiente.

Dormido fue transportado ahí,
dormido se acurrucó
como una bola dorada en la punta del mástil,
o trepó por adentro de un pájaro dorado,
o ciegamente se sentó a horcajadas.

“Me apoyo sobre columnas de mármol”,
dijo una nube. “Nunca me muevo.
¿Ves las columnas ahí en el mar?”
Seguro de sí mismo en la introspección
observa las columnas aguadas de su reflejo.

Una gaviota tenía sus alas por debajo de las suyas
y notaba que el aire era “como mármol”.
Dijo: “Acá arriba
me remonto a través del cielo
porque las alas de mármol vuelan en la punta de mi torre”.

Pero él duerme en la punta de su mástil
con los ojos bien cerrados.
La gaviota investigó en su sueño,
que era: “No debo caer.
El mar brillante debajo mío quiere que caiga.
Es duro como diamantes; quiere destruirnos a todos.”
Elizabeth Bishop.

Lubitsch, para tiempos de reconciliación

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En la ciudad invencible

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Hablábamos por hablar; del clima, de comida, del edificio ocupado en la otra cuadra. Hablábamos de Puerto Rico, también, ese país-paradoja que no tenía derecho a votar por ningún presidente. Marita era del partido independentista, es decir que pertenecía al cuatro por ciento que en 1993 había votado por separarse de Estados Unidos. Para el siguiente plebiscito, el de 1998, Marita ya estaba en Buenos Aires y ya tenía una pierna menos. Me dijo esto y se rio —tenía una capacidad envidiable para reírse de sí misma. A veces decía «toco madera», y se daba unos golpecitos con los nudillos en la pierna artificial—, porque cuando le dijeron que tenía cáncer en la cadera, un cáncer raro del hueso, lo primero que hizo fue viajar a Estados Unidos a operarse. «No necesité visa para entrar», dijo riendo. Sí, podía reírse de todo, y estoy segura de que se habría sacado la pierna de plástico y habría bailado para mí, dando saltitos en un solo pie, si yo hubiera tenido el valor de pedírselo.

Fragmento de La ciudad invencible, Fernanda Trías (Laguna Libros, Colombia, 2019).

Finos zapatos rojos

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Había nacido con zapatos. Rojos, finos, de taco alto...

Había nacido con zapatos. Rojos, finos, de taco alto,
que fueron la desesperación de todos los que vivimos juntos
en aquel tiempo.
Y en la cara tenía varias dentaduras, y lentes celestes como
el fuego.
Al pasar, por la tarde, parecía el ángel de la devoración con
pie punzó.
Mas, en realidad, amó la luz solar. Comía guindas, llevándose
una a cada boca.
Y sentía temor y amor hacia el Maestro Tigre que llegaba
en  la noche a buscar doncellas.
Y nunca la eligió.

Marosa di Giorgio.
De La liebre de marzo, 1981.

Un cuento triste

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El niño al que se le murió el amigo
Ana María Matute

Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:

—El amigo se murió. Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar.

El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.

—Entra, niño, que llega el frío —dijo la madre.

Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada». Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo: «Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.

Lecturas de la FILBO 2019: Rockabilly

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Rockabilly
Rockabilly comenzó a cavar tarde, una noche de primavera, con una pala oxidada en el jardín trasero de su casa. Todo había comenzado un par de horas antes, estaba oscureciendo, las ventanas del vecindario empezaban a iluminarse y la mancha roja en el horizonte se atenuaba. En algunas casas parpadeaban televisores, en otras, las familias se reunían alrededor de la mesa a cenar. Pero Rockabilly no tenía familia ni televisor, él estaba en el living, bajo una ampolleta débil, arrodillado sobre un montón de periódicos viejos, sus dedos grasientos desarmaban una caja de cambio que había recogido del depósito de chatarras. Se pasó la mano por la frente, despejando el sudor y dejando en su lugar un borrón negro. Satisfecho, entró al baño a lavarse. Mientras se enjabonaba los brazos, tratando sin éxito de eliminar las manchas negras que se adherían a su piel, algo cayó del cielo.

Fragmento de Rockabilly, de Mike Wilson. Ediciones Vestigio. Ilustraciones de Diego Portilla.

Lecturas del taller de novela, un fragmento

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Mi hermano es un hombre atrapado en el hielo. Nos ve a través de él. O, más exactamente, en su interior hay una fisura en la que a veces hay hielo. Él está y no está. Se hace más presente durante algunas épocas en las que sus contornos se ven definidos; a veces se sumerge durante un tiempo en algún lugar. Su percepción puede estar a diez mil metros de altura (le gusta observar el paso de los aviones) o, en los períodos en los que el hielo es más grueso, a diez mil metros de profundidad. Además de los aviones, le interesan los trenes, los coches y los animales. Nosotros tomamos las decisiones por él, puesto que aunque a menudo no reconoce su propio cuerpo, este sigue presente.

—¿Debo comer?

En su aspecto no hay ningún indicio de lo que le ocurre. A falta de señales externas, se genera cierto extrañamiento en los desconocidos cuando se le acercan y él responde tartamudeando. Por suerte vive en una ciudad pequeña, en el barrio lo conocen y la gente en general cuida de él si se lo encuentra parado, dudando si cruzar o no la calle para ir a tirar la basura, en uno de los pocos momentos del día, si no el único, en los que sale solo.
Fragmento de Hermano de hielo, Alicia Kopf.

Dudoso circo, Ana María Shua

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Un cuento en torno al cuerpo, Robert Hass

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Un cuento de 'Saña'

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Jano

Empieza su discurso con voz pausada. Apenas entiendo sus palabras. Es un hombre de unos ochenta años, pequeño, de calvicie moderada, ojos claros, pestañas rizadas: la elocución es débil, el tono, académico. Agradece cumplidamente los elogios, la condecoración, la asistencia de los amigos y de las amigas, la presea, los discursos de sus predecesores. Pide permiso luego para leer un largo poema.

Su voz se asienta, las palabras adquieren la dicción exacta, asume la complejidad y la intensa tonalidad de un cantante de ópera, luego, la de un solista que canta un oratorio en una iglesia; su voz retumba, aumenta, se desdobla, cada palabra adquiere su mayor densidad.

Termina de leer, agradece, es de nuevo un anciano conmovido de voz entrecortada.
Margo Glantz.

Ahora que viene Bogotá 100 palabras, tercera edición

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"En el arte de escribir microrrelatos hay una técnica y un misterio -dice Ana María Shua, autora de La sueñera y Botánica del caos, obras maestras del género-. El misterio es una cuestión de minería: cómo seguir la veta hasta encontrar la idea, esa piedra en bruto que quizás sea una gema y quizás no. La técnica es la de los talladores de diamantes: pulir y limar hasta convertir la piedra en un diamante perfecto. Si tiene la más mínima imperfección, hay que descartarlo de inmediato, ponerse la lámpara de minero y salir otra vez a recorrer socavones."

Giselle Aronson es, como Shua, autora de microrrelatos y también de novelas. "Escribir microrrelatos, para mí, es jugar con el lenguaje, relajarme. Es lo que sale espontáneamente cuando me dispongo a escribir. Para el cuento, para la novela, hago un trabajo más pormenorizado, con otra dedicación, otra elaboración. Esto no significa que el microrrelato sea fácil o simple", dice. Escribir un microrrelato implica condensar sentidos, concentrar tramas y calcular un efecto intenso con pocos recursos. "Es la vehemencia de la precisión, el golpe certero, la estocada directa -señala la autora de Dos-. La escritura del microrrelato se completa en la lectura, en el trabajo que hace el lector al reponer el sentido final. En la microficción valen de igual modo lo dicho y lo elidido." Para Aronson, el microrrelato "es un ménage à trois conformado por la mano de quien escribe, el ojo de quien lee y lo que queda en el anverso de las palabras".

Del 'Me acuerdo', de Georges Perec

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Virgilio Piñera en 'La mano de la hormiga'

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Smartphone

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Mi celular cuenta con un sistema predictivo de escritura: cuando presiono los botones, busca en un diccionario los términos posibles. Aunque sea una simple tecnología, sospecho que algo más ocurre. Si yo tecleo “ansiedad”, el aparato escribe “sequedad”. Si ingreso “boca”, predice “viva”. Si intento con “piel”, refiere “pido”; escribo “horas”, el teléfono interpreta “gotas”. “Palabras” se convierte en “parajes”, “silencio” se vuelve “dolencia”.
 Pero hay algo más extraño: si escribo “cerca”, aparece tu nombre.
Giselle Aronson. Imagen de Wilhelm Braune.

Amor y viceversa

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Un texto encontrado en El canto de la salamandra, antología de la literatura brevísima mexicana, Arlequín Editorial.

OTROSUR 2 en la FILBO 2019

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OTROSUR 2 en el stand de Casa Barullo (Pabellón 17, 1407A-1408A), FILBO 2019. Foto de la portada de Ferney Manrique.

Un fragmento de Natalia Ginzburg

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Otro de Lydia Davis

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Ese olvido

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 Dos fragmentos de A contraluz, de Rachel Cusk.

OTROSUR 2

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Uno de Lydia Davis

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Un cuento de Julio Torri

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Océanos de ceniza

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Cómo empezar a escribir historias

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Para estos tiempos de escritura de microrrelatos: la página de Alberto Chimal, escritor mexicano.

Uno del rey Kong

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Corrección cinematográfica 

Cuando el aterrado público esperaba ver al inmenso King-Kong tomar entre sus manazas a la hermosa Fray Wray, el gorila con paso firme salió de la pantalla, y pisoteando gente que no atinaba a ponerse a salvo, buscó por las calles neoyorquinas hasta que por fin dio con una película de Tarzán. Sin titubeos —y sin comprar boleto—, con toda fiereza, destrozando butacas y matando espectadores, se introdujo en el film y una vez dentro, ansiosamente buscó su verdadero amor: Chita.

René Avilés Fabila (1940-2016).

Del 'Yo también me acuerdo', de Margo Glantz

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Uno de vaqueros

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La muerte viaja a caballo (cuento al estilo del Far West) 

El abuelo sintió que la muerte se aproximaba. Entonces se armó con su gastada escopeta. Parapetándose tras la ventana. Entre los alisos, por el pedregoso camino paralelo al río, surgió el jinete en un frenético galopar. Traería el polvo y la sed y el sudor y el hambre de una larga jornada. Cuando estuvo a tiro de escopeta, el abuelo apretó los dientes y disparó. El caballo se paró en seco. El jinete se llevó las manos al pecho, se dobló lentamente y cayó mordiendo el polvo, de espaldas al sol. Corrimos a recoger al caído. Mi tío, con la sucia punta de la bota volteó de un golpe el rostro del jinete, y en la tarde de verano, de frente al sol, brilló la destrozada cara del abuelo.
Ednodio Quintero.