Una noche
Doblaron la esquina y aparecieron en la calle, bajando hacia la Plaza Bolívar. La patrulla marchaba sin aparente rigor, dividida en dos filas, una en cada acera, y la comandaba un joven sargento que caminaba solo por la calzada. Andaban cansados. Había llovido, y en la noche el pavimento absorbía el fulgor amarillento que despedían los faroles de las esquinas. El sargento hablaba y bromeaba sin levantar mucho la voz, y los soldados celebraban sus ocurrencias con risas apagadas. Bordearon una pared blanca manchada por un graffiti escrito a brochazos que decía: “MILITARES ASESINOS”. El sargento apuntó al letrero y dijo: “Pónganle el visto bueno”, y todos rieron suavemente mientras bajaban por la calle, marchando hacia la Plaza Bolívar.
Juan Carlos Botero
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