Es como la lluvia en una película muda, o como un barco en el fondo del mar, o como una galería de espejos a la hora de cerrar, o como la tumba del ventrílocuo mundialmente famoso, o como el rostro de la novia cuando se sienta a mear después de hacer el amor toda la noche, o como una camisa secándose en el tendal sin una casa a la vista… Bueno, vas pillando la idea. De 'El monstruo ama su laberinto', Charles SIMIC.

One hot city y el destino

3/12/09 | |

Destino
En algún lugar de la Gran Llanura húngara, en un pequeño caserío, vivía pacíficamente una familia: el padre, la madre y dos niños, todos grandes consumidores de pastelillos salados. Cuando la mamá tenía tiempo y quería darle gusto a la familia, horneaba para ellos una gran bandeja de pogácsás .

Pasó una vez que en lugar de hacerlo con harina, amasó la pasta con un venenoso producto insecticida. Su sabor no era malo, así que comieron una gran cantidad, y por la mañana se murieron los cuatro, el padre, la madre y los dos niños.

Al cuarto día los enterraron, y luego se reunieron todos los parientes y los vecinos cercanos y lejanos, tal como es debido, para celebrar el banquete mortuorio. Tomaron vino de la región y comieron de las pogácsás que habían quedado. Luego estiraron la pata, todos ellos, tantos como los que se habían reunido.

A los del servicio de ambulancia –el médico, los dos camilleros y el chófer- ya no les quedó trabajo por hacer. Meneando la cabeza, caminaron alrededor de esa gran cantidad de muertos y, antes de marcharse, comieron algunas pogácsás y tomaron un poco de vino.

Menos el chófer. Vino no podía tomar, porque tenía que conducir, y las pogácsás no le gustaban. Pero envolvió en papel periódico las que aún quedaban en la bandeja, para evitar que se perdiesen, y colocó el paquete en el asiento. “Se las regalaré a alguien”, pensó.
¡Y ahora las está llevando!

István Örkény, del libro Cuentos en un minuto.
Traducción de Judit Gerendas, Editorial Thule, 2006.