Es como la lluvia en una película muda, o como un barco en el fondo del mar, o como una galería de espejos a la hora de cerrar, o como la tumba del ventrílocuo mundialmente famoso, o como el rostro de la novia cuando se sienta a mear después de hacer el amor toda la noche, o como una camisa secándose en el tendal sin una casa a la vista… Bueno, vas pillando la idea. De 'El monstruo ama su laberinto', Charles SIMIC.

Liz Taylor, carteles de sus películas VIII

31/3/11 | |

La casa embrujada

Hacía muchos años que nadie pasaba una noche en la vieja mansión. Decían que una aberración se arrastraba por sus corredores y que todos los descendientes de aquella decadente familia estaban malditos. Los ancianos se persignaban, las mujeres gemían y los hombres blasfemaban. Sin embargo, los dueños querían venderla y yo acepté pasar la noche para acabar con su leyenda siniestra, porque mi ambición siempre ha superado a mi cobardía.

Los estragos del abandono eran infinitos: una suerte de lepra carcomía los muros, la humedad formaba repugnantes verdugones de sarro y el olor de las ratas podría cortarse en grasientas lonjas. Con la tuberculosa luz de mi linterna perseguí en vano fantasmas que resultaron telarañas, roedores y muebles amortajados de blanco, como niños muertos. La casa no tenía espejos y a todos os personajes de las pinturas les habían borrado los ojos. Los relojes marcaban a destiempo la misma hora.

Al amanecer vi a los dueños en la puerta y salí a rastras del caserón embrujado, pero esos cobardes huyeron y la policía me ha disparado. Desde entonces no he vuelto a salir y vivo muy a gusto por estos corredores. Ningún espejo me molesta y he descubierto que me encantan las ratas.

Fernando Iwasaki, Ajuar funerario, 2004.

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