Nació en Boston, de padre alemán y madre austriaca, en 1932. No fue ni americana ni inglesa, como una nave inmovilizada por una avería en mitad del Atlántico. Creyendo que el alma es como un cuerpo que enferma, la curó con la magia de las sílabas. Desde Inglaterra, adonde se trasladó en 1955, escribía a su madre firmando así: Your puddle-jumping daughter [«Tu hija saltacharcos»].
El 11 de febrero de 1963, en el corazón del invierno más espléndido del siglo, en la madrugada de una formal noche londinense, bajó a la cocina, selló la rendija bajo la puerta con cinta adhesiva y toallas mojadas, se tumbó en el suelo como una momia sobre sus vendas, metió la cabeza en el horno y abrió la espita del gas, aquella impertérrita llamita. Alcanzó así a los muertos, de quienes había intentado obtener su improbable atención, el padre amputado, estatua corroída por la diabetes, y los ahogados que albean el mar sin fondo de Finisterre. El día 4, una semana antes, había escrito: «El corazón se cierra, / baja la marea, / los espejos están velados».
Eugenio Baroncelli. Tomado del blog de Eterna cadencia.
