Es como la lluvia en una película muda, o como un barco en el fondo del mar, o como una galería de espejos a la hora de cerrar, o como la tumba del ventrílocuo mundialmente famoso, o como el rostro de la novia cuando se sienta a mear después de hacer el amor toda la noche, o como una camisa secándose en el tendal sin una casa a la vista… Bueno, vas pillando la idea. De 'El monstruo ama su laberinto', Charles SIMIC.

Doscientas sesenta y siete vidas

29/7/22 | |

Sylvia Plath, la niña que saltaba los charcos

Nació en Boston, de padre alemán y madre austriaca, en 1932. No fue ni americana ni inglesa, como una nave inmovilizada por una avería en mitad del Atlántico. Creyendo que el alma es como un cuerpo que enferma, la curó con la magia de las sílabas. Desde Inglaterra, adonde se trasladó en 1955, escribía a su madre firmando así: Your puddle-jumping daughter [«Tu hija saltacharcos»].

El 11 de febrero de 1963, en el corazón del invierno más espléndido del siglo, en la madrugada de una formal noche londinense, bajó a la cocina, selló la rendija bajo la puerta con cinta adhesiva y toallas mojadas, se tumbó en el suelo como una momia sobre sus vendas, metió la cabeza en el horno y abrió la espita del gas, aquella impertérrita llamita. Alcanzó así a los muertos, de quienes había intentado obtener su improbable atención, el padre amputado, estatua corroída por la diabetes, y los ahogados que albean el mar sin fondo de Finisterre. El día 4, una semana antes, había escrito: «El corazón se cierra, / baja la marea, / los espejos están velados».

Eugenio Baroncelli. Tomado del blog de Eterna cadencia.