Es como la lluvia en una película muda, o como un barco en el fondo del mar, o como una galería de espejos a la hora de cerrar, o como la tumba del ventrílocuo mundialmente famoso, o como el rostro de la novia cuando se sienta a mear después de hacer el amor toda la noche, o como una camisa secándose en el tendal sin una casa a la vista… Bueno, vas pillando la idea. De 'El monstruo ama su laberinto', Charles SIMIC.

Un cuento de Nicolás Suescún

18/9/11 | |

El hombre entre las ruinas

Caminaba entre las ruinas, trozos de columnas, bustos descabezados, fragmentos de bajorrelieves, incomprensibles jeroglíficos. Los árboles, aquí y allá, eran extrañamente geométricos, parecían dibujados. El cielo era del color de la piedra de los muros derruidos. Por lo visto no había allí antagonismo entre el hombre y la naturaleza. La naturaleza parecía también en ruinas; las ruinas, ser parte de la naturaleza. Los capiteles corintios eran más reales que las plantas, del mismo color pero algo más pálidos. El sol se había escondido, no supo si amanecía, o si el día agonizaba. La luz, le dio la impresión, era sólida, pero él podía avanzar en ella. Tuvo la sensación de que lo tocaba, una suave, cálida caricia.

Sinembargo, le inquietaron los extraños signos esculpidos en las piedras, las columnas de templos erigidos a dioses desconocidos y oscuros. Y entonces se produjo una creciente frialdad: la caricia de la luz se convirtió en un soplo gélido, que lo azotaba.

De pronto reinó la oscuridad, y fue uno con las ruinas, una ruina más. Y no pudo moverse, no pudo más sentirse.
Texto tomado de la revista Aleph.
Página del maestro italiano Sergio Toppi.